Jean-Michel is in da house

Posted on 04/04/2011 by in Arte

« Qué bonitos están los pintarrajos y los garabatos ! » dije, plantada frente a un Basquiat. Tenía seis o siete años. Los visitantes voltearon a mirarme por encima de sus anteojos, esbozando una sonrisa. Era una época en la que no se veían muchos niños en París. Mis padres me habîan llevado a la exposición “5/5: Figuration Libre, France-USA”, en el Museo de Arte Moderno (MAM). Era la primera vez que se presentaban, en la Ciudad Luz, los artistas franceses y americanos más renombrados del momento. Me cuentan mis padres que, en aquella ocasión, Keith Haring decoró los pasillos del metro a punta de ágiles y precisas pinceladas que dejaban boquiabiertos a jóvenes y viejos.

Un cuarto de siglo después, volví al mismo museo. Se exhibía la primera retrospectiva del más grande de todos los artistas que habían expuesto entonces. Y de nuevo, era la primera vez en Francia que eso sucedía. La museografîa, dicen, estuvo más lograda en París que en Bâle, Suiza, para la misma exposición. Esto se debió a los inmensos volúmenes del MAM y a los recorridos largos que permiten sus salas. Las únicas instituciones públicas que prestaron sus dos obras fueron el Pompidou y el mismo MAM. El resto de los préstamos provenía de coleccionistas privados. Esta situación había representado un complejo engranaje que terminó de ajustarse en otoño. A penas un mes después de la inauguración, un vándalo no identificado garabateó minúsculas rayas con un plumón sobre Cadillac Moon 1981 y la obra tuvo que ser retirada. Inquieto a pesar de los 143 agentes de seguridad, el dueño de Riding with Death decidió recuperar su propiedad. No me tocó verlas expuestas.

Volví al museo porque quería ver el efecto que me producía contemplar a Jean-Michel, a su obra. Era necesario verlo de frente, escucharlo en vivo, dejarme devorar de un bocado o explotar desde adentro. El frîo glacial de la fila de espera quedó muy lejos detrás de mí, al adentrarme en los colores acidulados y en la luz negra de cada pintura. Caminé por las doce salas con la música en los oídos. Qué importaba París ahora! Quería caminar downtown N.Y., andar bajo la sombra de los àrboles del Washington Square Park y recorrer esa selva urbana en ruinas que ya no existe. La banda sonora de la película de Edo Bertoglio me acompañó por todo el recorrido. No importaba cuántas veces hubiese visto aquellos canvas en libros o revistas, cada uno ejercía una hipnosis, un magnetismo. Como si fuesen capaces de lanzar un hechizo de seducción, por la belleza y la celebridad contenidas. Como si el puñetazo pudiera salir en cualquier momento desde el centro de ese universo. Me daban ganas de llorar y de reír. Un par de veces, me quedé sin aliento, como si hubiese volado miles de kilómetros para encontrar a Jean-Michel. Tomaba asiento frente a toda la insolencia, la honestidad, la fragilidad, la exuberante espontaneidad y las emociones que estaban ahí, intensamente vivas. Y la música de Gray acentuaba el efecto del viaje.

Bastaba voltear un poco para constatar que ahí estaba Jean-Michel, trazando con una precisión milimétrica todo aquello que parecía hecho con violencia volcánica. Ni siquiera la afluencia de visitantes -65 000 en dos meses- parecía sacarlo de su parsimoniosa concentración. Nosotros sólo íbamos pasando. Mientras que él, lo supo siempre, permanece. Mientras que sus símbolos permanecen: la corona de su imperio neoyorquino y mundial, su sangre azul en medio de Brooklyn, la aureola roja y las espinas negras de su pasión, sus órganos amarillos y sus esqueletos inmaculados. Permanecen sus gritos, sus interminables textos, sus patas de cuervo y sus dientes.

Me parece innecesario preguntarse lo que Jean hubiese hecho con el arte en este principio de milenio -que ni siquiera vislumbró de lejos-. Como todos los que se han ido abruptamente, dejan interrogantes sobre el vacío presente que me parecen ociosas. De la misma forma que me parece triste pensar en dónde y con quién habría festejado hoy su cumpleaños, celebración por la cual se organizó esta retrospectiva.  Saint Moritz o Costa de Marfil? Qué tanto importa que haya vivido a toda prisa, como una inmensa flama ahora extinta? Sólo importa que las brazas siguen y seguirán ardiendo.

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La exposición va en crescendo.
Y a decir por las caras de los visitantes, no había ninguno que saliera indemne de la experiencia.

Track list:

1) 78-79, SAMO©

2) 81, New York/New Wave.

3) 81-83, Annina Nosei Gallery.

4)  Talleres (Per Capita, Arroz con Pollo).

5-6) 82, Fun Gallery, East Village, NY.

7) Dibujos.

8 ) 83, Galerie Bischofberger, Zurich.

9) 82-83, Larry Gagosian Gallery, L.A.   &    84, Mary Boone Michael, Werner Gallery, N.Y.

10-11) 84-85, Warhol-Basquiat (Monumental sala curva con una de mis obras favoritas, Grillo, 1984)

12) Los últimos años.

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